Hace dos años perdió a su madre, la primera esposa de mi hijo, después de una larga lucha contra el cáncer. Hasta el último momento intentó regalarle una sonrisa a su pequeño, aunque ella misma estuviera sufriendo. Cuando falleció, nuestra familia perdió a una mujer maravillosa, pero Daniel perdió a la persona que daba sentido a todo su mundo.
El niño alegre, curioso y lleno de energía desapareció poco a poco. Dejó de correr por el jardín, dejó de hacer preguntas sobre todo lo que veía y ya no llenaba la casa con sus risas. Pasaba largos ratos sentado junto a la ventana, completamente en silencio.
Sin embargo, hubo algo que nunca permitió que nadie tocara.

Los viejos suéteres tejidos a mano por su mamá.
Cada uno era diferente. Algunos tenían dibujos de copos de nieve, otros pequeños corazones o trenzas de lana. Daniel decía que cada puntada guardaba un pedacito del cariño de su madre y que, de alguna manera, todavía podía sentir su abrazo al sostenerlos.
Los doblaba cuidadosamente y los guardaba dentro de un antiguo baúl de madera. De vez en cuando lo abría, acariciaba la suave lana durante unos segundos y luego lo cerraba con mucho cuidado.
Una tarde lo invité a acompañarme al hospital infantil donde colaboraba como voluntaria. Llevábamos libros, juegos de mesa y materiales para dibujar destinados a los pequeños pacientes.
Mientras caminábamos por el pasillo, Daniel vio a un niño abrazando un viejo conejo de peluche, desgastado por los años.
El pequeño le dijo en voz baja:
—Cuando tengo miedo, lo abrazo muy fuerte y siento que ya no estoy solo.
Durante todo el camino de regreso, Daniel apenas habló.
Esa misma noche apareció en mi cuarto de costura cargando el viejo baúl.
Me miró con ilusión y preguntó:
—Abuela… ¿crees que podríamos convertir los suéteres de mamá en conejitos de Pascua? Tal vez puedan acompañar a otros niños cuando tengan miedo, igual que mamá siempre me acompañó a mí.
Sentí un nudo en la garganta.
Le sonreí con los ojos llenos de lágrimas.
—Estoy segura de que a tu mamá le habría encantado esa idea.
Desde aquel día, cada fin de semana trabajamos juntos.
Cortábamos cuidadosamente la tela, rellenábamos los pequeños cuerpos con algodón, cosíamos largas orejas, bordábamos sonrisas y les colocábamos lazos de colores alrededor del cuello. Ningún conejito era igual a otro.
Daniel decía que todos tenían una personalidad distinta.
—Este es muy valiente.
—Este siempre hace reír a los niños.
—Y este cuidará de ellos mientras duermen.
Durante casi cuatro meses trabajamos con paciencia y mucho cariño.
Cuando terminamos, había exactamente cien conejitos de Pascua hechos completamente a mano.
Cada uno fue envuelto en una bolsita transparente junto a una pequeña tarjeta que decía:
«Hecho con amor. Que este pequeño amigo te recuerde que siempre existe esperanza.»
Daniel no quiso escribir su nombre.
Simplemente sonrió y dijo:
—No importa quién los hizo… lo importante es que alguien vuelva a sonreír.