Trillizos.
Todo mi cuerpo estaba adolorido. Cada movimiento hacía que las suturas tiraran con fuerza. Mis manos seguían temblando por el agotamiento y ya ni recordaba cuándo había dormido por última vez. Mis tres bebés permanecían en la unidad de cuidados intensivos neonatales, pequeños luchadores rodeados de monitores y máquinas. Apenas había podido verlos durante unos minutos.
Imaginaba que Daniel entraría en la habitación con un ramo de flores, me abrazaría con cariño y me preguntaría cuándo podríamos conocer juntos a nuestros hijos.
Pero la puerta se abrió de otra manera.
Daniel apareció vestido con un elegante traje oscuro. Detrás de él caminaba Valeria, su asistente ejecutiva, sosteniendo una carpeta de cuero.
Ninguno de los dos sonrió.

Él no me preguntó cómo me sentía.
Ni siquiera mencionó a los bebés.
Simplemente dejó la carpeta sobre mi cama, muy cerca de la vía intravenosa.
—Firma estos documentos —dijo con una tranquilidad que me heló la sangre.
Bajé la mirada.
Eran papeles de divorcio.
Por un instante pensé que estaba soñando.
—Daniel… hace solo unas horas nacieron nuestros hijos…
Él me observó con absoluta frialdad.
—Lo sé.
Su expresión no cambió.
—Las cosas ya no son como antes.
Lo miré sin poder creer lo que escuchaba.
—Planeamos formar esta familia juntos…
Una sonrisa irónica apareció en su rostro.
—Mírate, Sofía. Ya no eres la mujer con la que me casé.
Valeria esbozó una sonrisa educada, perfectamente ensayada, de esas que aparentan compasión pero no esconden ninguna emoción verdadera.
—De verdad lo siento —dijo con voz suave—. A veces la vida toma otro rumbo.
Volví a mirar a Daniel.
—¿Entonces era por ella que llegabas tan tarde todas las noches?
Ninguno respondió.
Ese silencio fue suficiente.
—Acabo de arriesgar mi vida para traer al mundo a nuestros tres hijos —susurré con la voz quebrada—. ¿Y esto es lo único que tienes para decirme?
Daniel cruzó los brazos.
—No vine a discutir. Firma los papeles y todo será más sencillo para los dos.
Empujé lentamente la carpeta hacia él.
—No.
Levantó una ceja.
—¿No?
Respiré profundamente.
—Todavía ni siquiera he podido abrazar a mis tres bebés.
Lo miré fijamente.
—Si pensabas que iba a renunciar a mi dignidad y al futuro de mis hijos mientras sigo recuperándome en una cama de hospital, es porque nunca llegaste a conocerme de verdad.
Por primera vez, Daniel perdió la seguridad que había mostrado al entrar.
La sonrisa de Valeria desapareció.
Sin decir una palabra más, presioné el botón para llamar a la enfermera.
Una enfermera entró pocos segundos después.
—¿Se encuentra bien, señora?
Miré directamente a Daniel.
—No.
Luego me dirigí a la enfermera.
—Quiero que estas personas salgan inmediatamente de mi habitación.
El silencio llenó toda la estancia.
Ni Daniel ni Valeria esperaban esa respuesta.