Cuando mi hijo Mateo, de diecisiete años, entró por la puerta aquella tarde, noté enseguida que algo era diferente. Dejó la mochila en el suelo, me sonrió con tranquilidad y caminó hacia la cocina como si fuera un día cualquiera.
Entonces lo miré con atención. Su abundante cabello castaño había desaparecido por completo. —Mateo… ¿qué ha pasado? —pregunté sorprendida. Él acarició su cabeza
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